domingo, 9 de enero de 2011
NO es ser la gata FLORA
Cuando estas sola, extrañas la vida en pareja... Cuando estas en pareja, necesitas independencia.
Cuando tenes mucho sexo, te sentis un objeto... Cuando tenes poco sexo, te sentis un insecto.
Cuando no tenes hijos, te sentis incompleta... Cuando tenes hijos, te sentis desbordada!
sábado, 8 de enero de 2011
La clase había terminado. Como todas desde el comienzo del curso Cicerón aparecía cerrando los apuntes de la jornada. Salían a tropel todos los muchachos por las dos puertas laterales mientras el Profesor Donovan terminaba de recoger los folios que le habían dejado apoyados sobre su escritorio. Él no llegaba a los treinta y cinco, era un hombre bastante apuesto, no muy alto pero con un brillo no del todo claro en su mirada.
-Miss Dagis, ¿podría venir un momento, por favor? – una joven que cargaba con una carpeta entre sus brazos a modo de escudo y unas gafas grandes que prácticamente cubrían toda su cara se acercó a él con movimientos tan ligeros y lentos que cuando llegó al final el aula ya estaba prácticamente vacía.
-¿Sí, Profesor? – él continuaba empaquetando sus cosas y sin levantar la mirada sacó de su vieja cartera marrón un sobre con el nombre de la alumna al dorso.
-He presentado su trabajo de Navidad a la Academia, dirán algo dentro de un par de meses – se puso la gabardina azul oscuro y el sombrero y se dispuso a salir por la misma puerta por la que antes habían pasado todos aquellos trozos de personas.
-Es curioso. Me pidió que escribiera sobre el verano y terminé diciéndole que las cajas de cartón no pegaban con el amarillo de mi habitación.
-Sí, sí, Miss Dagis. La cuestión es que a ellos les guste, no a mi.
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta; la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”
lunes, 3 de enero de 2011
Entró por una puerta escondida entre los soportales de granito y subió unas angostas escaleras de madera que crujían a modo de alarma anti-intrusos: -Eres la última. Por favor, siéntate. - le dijo el hombre de chaqueta que había en el centro de la habitación.
El lugar era frío, las paredes estaban vacías y lo único que funcionaba era una pequeña salida de llamas con cuatro palos que intentaban abrazar a las catorce o quince personas que en forma de círculo se sentaban sobre unas sillas cochambrosas.
-Lo dejamos, no hay dinero, ni fuerza y nos estamos quedando sin suficientes hombres, han abandonado todos. Allan y Marteen ya han vuelto a Berlín y Lidia está en el tren hacia casa de sus padres.
Jen se quedó en la misma posición. Llevaba tres años en ese pueblo. Intentó abrir la boca pero la frenaron antes de que dijera nada: -Jen, deja de soñar, aquí nadie quiere hacer nada. No se puede luchar contra algo que nadie quiere pero que acepta.
La sala se vació. Años más tarde encontraron lo que quedaba del dinero del alcalde. Se cayó al agua una noche de tormenta.
"-Me importa- repuso Clary. - Yo no soy Jace.
-Nadie lo es. Y me da la sensación de que èl lo sabe.
-¿Qué se supone que significa eso?
-Ah, ya sabes. Jace me recuerda a un antiguo novio mío. Algunos tíos te miran como si quisiesen acostarse contigo. En cambio, Jace te mira como si ya lo hubiesen hecho y hubiese sido genial."
-Con este sol la playa está vacía.
-¿No sabes que está prohibido leer diarios de otras personas?
-Teo, mi amor, no existe. ¿Puedes encender la chimenea?
-Demos un paseo en bici Lía.
-Sí, mejor. Los perros vuelven a tener hambre.
"Es como la marea, ¿sabe usted? —decía, ido— La barbarie, digo. Se va y uno se cree a salvo, pero siempre vuelve, siempre vuelve… y nos ahoga. Yo lo veo todos los días en el instituto. Válgame Dios. Simios es lo que llegan a las aulas. Darwin era un soñador, se lo aseguro. Ni evolución ni niño muerto. Por cada uno que razona, tengo que lidiar con nueve orangutanes."
La llave extraviada en el cajon - sastre
Querida Yo,
¿Estás viva? ¿Me escuchas? Llevo un par de meses en los que estoy soñando por las noches, incluso a horas del mediodía cuando me dedico a coser los agujeros entre mis dedos y los ojos se cierran lacrados del rojo intenso de un cuerpo que aprieta. He vuelto a soñar.
Fue el brillo efímero de esa nostalgia, la noche en la que conducía por Madrid, lo que me llevó a olvidar que del cielo podría caer agua, o viento, o ira; pero aún así me acordé que abandonar la carta tropecientosmil a su suerte haría que llegase seguro a alguna isla de piratas, de esas que tanto me gustaban cuando era pequeña.
Como desapareces y vuelves a aparecer. Como puedes ser y nunca estar. Como no pasa el tiempo pero te veo mayor. Y cuando tienes que mentirle al miedo, ¿qué le dices?
Nació en el eje de la punta de mi nariz de manera que no pudiera enfocarle ni aunque quisiera y, como la energía, saltó de lunar en lunar transformándose mientras dilataba los ejes de mi tiempo y las comisuras de mi sonrisa. En un beso robado rodeado de mil personas que no existían se desnudó sin que ni la mirada le delatase y se coló en el asiento del copiloto a modo de cuerda de guitarra para entonar alguna sinfonía. Se acostumbró. Sí, lo hizo. Se acostumbró a ser ese punto y final de todas las frases que me callaba para él.
La sensación de encontrarse prisionera de algo que te envolviese cada vez más deprisa fue aguda todas las mañanas, por eso salía de la cama despedida y no volvía hasta horas como éstas en las que te vuelvo a escribir.
Deberías sentirte traicionada.
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